¿Se han descubierto en las rutinas caseras? Ese tipo de situaciones que muchas veces no vemos pero que hacemos. 

Por ejemplo, pedir gas, esperar a que te lo traigan, bajar como zombie a abrirle la puerta a don fuertecito, esperar a que el medidor marque la cantidad que quieres pagar, bajar, cerrar la puerta, y meterte a bañar, con la certeza de tener un poco más de combustible en el tanque. 

O por ejemplo, preparar café. ¿Les he contado de mi súper tetera eléctrica región 4? Todo el que la conoce se fascina con ella. Es un invento michoacano… bueno, no sé si sea invento, pero yo la compré en Morelia hace unos añitos. Básicamente es una jarra de plástico con una resistencia que se conecta a la corriente y hierve el agua en unos pocos minuticos. Luego está la cafetera “prensa francesa”, linda, útil y que brinda un café fresquito, delicioso, sin ningún filtro.

Ayer preparé café ahí… casi no lo hago pero cuando lo hago me siento como toda una ama de casa. Me están gustando las rutinas… las que no me aburren, por supuesto. 

Creo que estoy envejeciendo… ayer una de mis amigas de toda la vida sufrió un ataque de ansiedad porque su cumple se acerca peligrosamente y la edad a alcanzar… suena a hartos años. Y yo, paranoica, me asusté también.  

Seguro es la crisis de fin de año… ¿estoy loca o todo mundo lo sufre? Hay que hacer la lista de fin de año… no quiero dejar cositas pendientes.


¿Ya tienen la suya?

P.d. Necesito sentarme a escribir sobre mi viaje... nomás que no he tenido ni un momento de tranquilidad.

Últimamente estas dos palabras me persiguen; en los aeropuertos, en las centrales de autobuses y en mi vida misma.

Las bienvenidas siempre son motivo de gozo, de emoción… hasta de llanto pero un llanto feliz. Las partidas nos dejan rostros tristes, huecos en el estómago y hasta añoranza adelantada… por lo que ya no será.

Cuando uno está de tránsito en un aeropuerto, por ejemplo, sabe que pasará ahí sólo unos minutos u horas; está constantemente revisando el monitor en donde se anuncian los vuelos que habremos de tomar, nos acomodamos lo mejor posible en los asientos, damos vueltas por las tiendas, entramos varias veces al baño o contemplamos cómo se cargan los aviones, cómo llegan y cómo se van otros.

Pero sabemos que ese lugar es sólo por un ratito, que nos alejaremos, que no pertenecemos ahí, en esa tierra, ni por una semana ni unos días.

Los aeropuertos me parecen lugares tristes, son sitios de paso que a nadie le importan. Bueno, claro, si es un lugar agradable siempre es mejor; pero un aeropuerto es sólo la entrada y la salida de algo más grande, mejor.

Así es la vida. Uno anda de tránsito muchas veces sin notar demasiado lo que hay a nuestro alrededor. También en la vida hay arribos y partidas que serán curiosamente similares en número.

Pues bien, últimamente yo he estado de partida, o más bien, he estado despidiendo gente. Por un detalle en apariencia de lo más insignificante, un montón de verdades se me vinieron encima. Una amiga me dijo que es algo que algunas personas lo aprenden antes, otras después… algunas tardísimo, como yo. Pero de que llega… llega.

Para mí es difícil entender ese concepto, porque soy más bien aferrada y soñadora. No es algo que me haya inventado, fue algo que aprendí y que también yo misma fui desarrollando por mi propio capricho o más bien, estoy segura, por mi propia necesidad. Yo, le doy la bienvenida a casi todo el mundo… les abro los brazos y casi instantáneamente son merecedores de mi cariño y, a veces, de mi confianza. Lo duro es aprender que las cosas no funcionan así… ¿por qué? Porque a la gente en realidad no le interesa, no le importa y… no lo quiere.

Es triste ver las barreras con las que la gente camina; si pudiéramos verlo con unos lentes especiales, veríamos que casi todo mundo va con un muro a cuestas y que no está dispuesto a dejarlo caer; no entra ni sale nada de ahí. Ojo, no entra ni sale. Nada. No les interesa, ni siquiera lo ven. No les importa.

Por eso, decidí dejar de darle cabida en mi espacio físico y emocional a cosas que no deberían de estar ahí… darles su pase de abordar que ni siquiera pidieron porque ni siquiera sabían que estaban en el aeropuerto.

Cuando los otros se van y tú te quedas duele… pero más duele que nunca se hayan dado cuenta que habían llegado y tenían un lugar ahí.

Más vale tarde que nunca. Mi aeropuerto se está vaciando… espero que llegue un momento en el que el equilibrio sea permanente, que las llegadas y las partidas sean concientes y la gente que transite por ahí… quiera hacerlo de verdad.

Por ejemplo:

Que amo las calles empedradas de San Telmo (y cía.).

Que el mundo cibernético regala maravillosos amigos.

Que Palermo es el paraíso de Tía Lata y que la Tía Chilosa llegó tiempito después, creo que en Caminito.

Que Chilosa y yo casi morimos de un zapatazo tanguero.

Que el panteón de Recoleta puede regalarte fotos espectaculares si y sólo si vas con la compañía correcta (como yo).

Que volé por Líneas Aéreas Argentinas y no tuve ningún contratiempo.

Que chilenos y porteños pueden llevarse bien.

Que hay aeropuertos en donde hay que pagar impuesto por usarlo... en ese mismo lugar, antes de abordar el avión.

Que en Buenos Aires es imposible tener el cabello de forma decente en esta época del año; la humedad es terrible.

Que la Argentina barata pasó a mejor vida. Aunque la comida no es cara, el vino es lo que se lleva todo de calle; tan barata (o cara) como el agua.

Que a la piña le llaman "ananá", al aguacate, "palta", a la toronja, "pomelo". A la banqueta le dicen "vereda" y al ombligo, "pupo".

Que cinco "sí cariños" te ganan un NO.

Que una cara amable y un abrazo de amigos eliminan todo el cansancio.

Que los guías de turistas y gente que trabaja en el ramo "get laid a lot!".

Que los franceses hablando español pueden ser encantadores y no huelen para nada mal (al contrario).

Que el director de cine argentino más popular de la actualidad trabaja dirigiendo "House" y es gran amigo de Ricardo Darín.

Que los brasileños encuentran muy difícil de entender el acento español.

Que casi todo el dinero argentino es billete y si no te pones listo, tratarán de darte el cambio mal (o cobrarte el hotel dos veces, ¡ejem!).

Que a pesar de hacer lo que viere a donde fuere, al final sucumbí: aderecé la carne con sal y harto chimichurri. ¡Yumie!

Que entiendo por qué los argentinos no son gordos, a pesar de los comas diabéticos en cada mordida de dulce de leche o helado de dulce de leche, enflaqué medio kilo.

Que los alfajores son como Mamuts pero con buen chocolate.

Que hacer el trecking en el glaciar Perito Moreno vale cada uno de los muchos dólares que cuesta.

Que si hay trácalas en México por aquellas tierras nos dicen con permiso, yo voy primero. Lo intentaron varias veces y lo consiguieron una vez conmigo.

Que a pesar de la cercanía latina, Argentina no se parece casi en nada a México y sigo pensando que Polonia es mucho más similar a nuestro país.

Que tengo un departamento en neverlandia y que Gurisa recorre metros en cinco segundos, cocina las mejores milanesas de la región y no llora cuando lo hago yo.

Que a pesar de que las morochas estamos de moda, las blondas pueden ser sencillamente exquisitas y unas reinas sin corona.

Que los gatitos son adorables cuando son pequeños y que si los pisas accidentalmente estarás totalmente rendida a sus huellitas felinas.

Que el café Tortoni está re lindo, pero el show de tango no vale la pena.

Que San Telmo me recordó a Mont Marte.

Que por el calor los hombres salían a correr sin camiseta y, disfrutando la vista, agradecí que en México no suceda lo mismo.

Que los brasileños son una especie a parte. Estoy convencida que tienen algo en sus genes de lo que los demás carecemos.

Que los hombres argentinos no son tan guapos como me los pintaron y que las mujeres brasileñas parecen hechas a mano.

Que en Brasil a todo lo chafa lo llaman "hecho en Paraguay".

Que el Fernet sabe a medicina, pero si lo prepara Nevermind puede ser tolerable.

Que Buenos Aires es una mezcla entre Madrid y Londres y que su gente (los porteños) por algo tienen su fama. Obviamente hay maravillosas excepciones, justo las que me sacaron a pasear.

Que a pesar de lo hermoso que es aquél país, a pesar de que cuando me fui estaba profundamente desilusionada de México, he vuelto más enamorada de mi patria.

Pues ando por Argentina, y sólo puedo decir que es un país fantástico, caro, sin hombres y mujeres tan guapos como contaba la leyenda, aún no como LA parrillada de mi vida, pero han sido días casi perfectos... hasta hoy.

Sé que tendría que haber previsto esto tiempo atrás. ¿Cómo es posible que un simple detalle me pusiera de cabeza?

No tengo reloj. No uso reloj. Veo la hora en mi celular, ¿qué no lo hace así todo el mundo? Pues yo no uso una pulsera que me diga la hora, por lo mismo se me olvidó que es un instrumento altamente útil a la hora de planear el transporte al aeropuerto, a la cena con los amigos, al cine… Ok, seguro algunos dirán, ¿para qué tanto drama?, ¡que siga usando su celular! Pues no, no podré. Estaré exactamente 11 días lejos de casa… y de un cargador con voltaje americana. Ah, esa es mi queja, el voltaje de Argentina es europeo… y ya lo sabía, pero no había pensado ¡en el reloj! Así que busqué en el baúl de las alhajas y mis dos relojes… estaban sin pilas. Uf… justo tres días antes de irme, con la agenda llena y sin tener idea de dónde se ponen pilas… decidí comprar uno más. Como mis muñecas son tan delgadas, ahora lo único que temo es que se me salga mientras camino por la calle…

En realidad ha sido el único inconveniente de la empacada. Claro, si no tomamos en cuenta las dos piñatas que llevo, los dulces, la dotación completísima de comida  picante, las bebidas alcohólicas y el hecho de que en el vuelo internacional no habrá problema de peso… pero sí en los viajes internos. Así que la consigna es: si es pesado, no cabe.

Para acabarla de complicar, me enfrentaré a dos climas: allá es primavera pero voy a donde hay harto hielito… ¿cómo le hago para que quepa todo en mi micro maleta? Ah, porque sólo llevaré una, pequeña. Total, pensé, si necesito más espacio, allá compro una maleta nueva, ¿qué no es así como funcionan las cosas? Pero eso será hasta el regreso a Buenos Aires para tomar el vuelo a México.

Y los regalitos, ¡qué complicado! Creo que soy una regaladora compulsiva, ahora pienso todo en términos “legustaráaguri” “legustaráanever” “legustaráachilosa”, blondaletypulpo… ¿Cuál será el regalo perfecto, pensado especialmente para ellos?

Ya olvidé cómo empacar… ¡Siempre olvido los cepillos y la toalla!, ¿la necesitaré?

Una amiga me pregunta que cómo le haré para usar la secadora de cabello allá (inocente) y su amigo argentino que en qué hotel me voy a quedar (inocente).

Definitivamente este no es un viaje normal. Es un viaje extraordinario.

¡Empaquemos!


Ya con un plan más o menos en la cabeza (más o menos) y pensando en que podría ser conductora de TreceVeinte (ajá), se me ocurrieron dos temas para realizar notas: el Tango como Patrimonio Cultural Intangible de la Humanidad y una entrevista a la autora de una serie de televisión muy esperada en Argentina.

Ciega a Citas es un blog que tuvo muchísimo éxito en la red. Después se volvió libro, pero ojo, no es el primero que nace de la pluma de esta bloggera famosa, ya teníamos a Bestiaria en papel.



Que un blog en español convertido en libro se vuelva una serie no es común, de hecho, éste es el primer caso en la historia (hasta lo que sé…) y producido (según parece) por Fox International.

Así que le escribí a doña autora y me dijo que sí, que cómo no.


Ahora, tomaré café en un teatro convertido en librería e intentaré tener una plática divertida e interesante con ella. No queremos que nos denomine como “la peor entrevista de su historia”, ¿verdad?

Cuando llegue la serie a México (que seguro lo hará), ya saben qué mexicana tuvo la primera entrevista don doña ciega a citas… ¡YO!